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By Cristina Merino

Una banda de forajidos llega al hogar de una familia en busca de un hombre. Gunther, el líder de l. a. banda, cree que este hombre les traicionó tras un robo. Es el comienzo de un largo viaje que les llevará hasta el resto del dinero y al verdadero traidor... Un comisario obsesionado por darles caza, tres hombres unidos por l. a. codicia, una joven ingenua, un misterioso hombre de ethical ambigua y una muchacha sedienta de venganza se unirán a Gunther y su banda en un pueblo del oeste llamado Redención.

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Nada. Lostman desvió el catalejo hacia su derecha, por encima del rancho de Miller. —¿Los ves? —le volvió a preguntar Burton. —Siguen cavando —le respondió Lostman, cediéndole los prismáticos. Burton observó a través de ellos. —¿Adónde mirabas? —preguntó, mientras ajustaba de nuevo las lentes. —¿Qué? —Lostman, creo que deberías visitar a uno de esos médicos que miran l. a. vista… un ojero… —¿No cavan? Burton asideó de sí los prismáticos y miró a Lostman, pensativo. —Creo que ya es hora de acercarnos un poco más —sugirió. —Estoy de acuerdo. *** —Llevamos meses destripando estas malditas tierras. Aquí no encontraremos nada. El hombre, bajo pero corpulento, estaba sucio y sudoroso, y en su tono y su rostro huraño se adivinaba no sólo cansancio. —Tú, vuelve al trabajo —le ordenó Ron Mckenzie. —Estoy cansado de esta basura. Quiero más dinero. —No tendrás nada a menos que encuentres lo que buscamos, ya lo sabes. —¿Qué sucede aquí? —intervino Peckter. Ron McKenzie se volvió hacia Peckter para darle una explicación, pero el hombre que había protestado hacía un momento se le adelantó. —Los muchachos y yo pensamos que si aquí hubiera algo, ya lo hubiéramos encontrado —explicó el hombre. En su tono de voz seguía adivinándose su descontento. Peckter lo miró fijamente. —No quiero que quede ni un solo hormiguero por inspeccionar… �me he explicado bien? —No seguiremos a menos que veamos algo del dinero que nos prometieron —insistió el hombre, implacable—. No nos bastan las promesas. Todos aquí tenemos familias que alimentar. —Sí… —intervino otro hombre, con comparable apariencia a los angeles del anterior— �Y dónde está el otro? Ese Gunther. Fue él quien dijo que nos daría… —Ahora soy yo con quien has de tratar —le cortó Peckter. —¿Qué es lo que está pasando? �Eres tú el nuevo jefe? Peckter re-examineó los angeles situación. Aquello estaba a punto de escapársele de las manos. Se volvió hacia Ron McKenzie. Y checklistó que allí no tenía ningún amigo. Todas las miradas estaban fijas en él. *** Gina conducía el viejo trotón bayo oscuro que tiraba briosamente del carro. l. a. mujer se dirigía al rancho de Miller… Bajo los angeles atenta mirada del comisario Talbott. —Es toda una mujer —comentó el ayudante del ausentado sheriff de Redención (Bill Richardson), que acompañaba al comisario Talbott y a un silencioso Dymas Richardson. El joven Walter, algo aburrido, cuidaba los caballos a varios metros de distancia. Glover hablaba de Gina Ann Miller con una admiración sincera. —Su marido, Arthur Miller, las abandonó hace cinco años, a ella y a l. a. niña. Conozco a Gina desde siempre; cuando decidió unirse a ese individuo supe que ocurriría tarde o temprano, pero también que ella lo soportaría. Talbott miró a Glover. Éste señaló hacia abajo, hacia el carromato de Gina, que, decididamente, seguía avanzando, y agregó: —Se inputó de que él había regresado esta misma mañana. Pero no por él. Ambos observaron de nuevo a l. a. mujer desde l. a. cima, muy cerca de las enormes piedras que daban nombre a Rocas Grandes, mientras Glover seguía hablando. —Miller es un hombre extraño.

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